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El valor de la cultura en los tiempos modernos

En un mundo que corre detrás de lo inmediato, la cultura sigue siendo lo que nos da raíces y sentido. Vale la pena defenderla.

Exequiades Chirinos
Exequiades ChirinosPeriodista

Vivimos en una época que premia la velocidad. Todo se consume rápido, se olvida rápido y se reemplaza rápido. En medio de esa constante prisa, a veces me pregunto qué lugar le queda a la cultura, esa que pide pausa, atención y tiempo. Y sin embargo, cada vez que veo a alguien detenerse ante un cuadro, emocionarse con una canción o perderse en un buen libro, confirmo que no ha perdido su lugar. Al contrario, quizás nunca fue tan necesaria.

La cultura no es un adorno ni un pasatiempo de los que tienen tiempo libre. Es la manera en que un pueblo se reconoce a sí mismo, en que guarda su memoria y proyecta lo que quiere ser. Sin ella, corremos el riesgo de convertirnos en personas eficientes pero vacías, conectadas a todo pero enraizadas en nada.

Lo que la prisa nos hace olvidar

Confieso que me preocupa la manera en que lo inmediato va desplazando a la investigación, al conocimiento. La tecnología nos ha dado herramientas maravillosas, y no seré yo quien las desprecie, pero también nos ha acostumbrado a mirar sin contemplar y a escuchar sin oír. Consumimos imágenes por miles y apenas recordamos alguna. Ese ritmo tiene un costo silencioso: perdemos la capacidad de asombro, esa que la cultura cultiva con paciencia.

Cuando dejamos de leer, de escuchar música con atención o de visitar una exposición sin apuro, no perdemos solo un rato agradable. Perdemos una forma de entender el mundo y de entendernos a nosotros mismos. La cultura nos enseña a hacer preguntas que ninguna pantalla responde, y esa es una riqueza que ninguna prisa debería arrebatarnos.

Una inversión en lo que somos

Por eso creo que valorar la cultura es, en el fondo, una manera de cuidar nuestra humanidad. Cada vez que una comunidad sostiene su teatro, su biblioteca o su tradición musical, está afirmando que hay cosas que no se miden en cifras. Está diciendo que la belleza, la memoria y el sentido también importan, y que vale la pena protegerlos aunque no produzcan un beneficio inmediato.

No se trata de renunciar a lo moderno, sino de no permitir que lo moderno nos deje sin alma. La cultura y el progreso no son rivales; pueden caminar juntos si decidimos darles a ambos su espacio. La tecnología puede ser, de hecho, una gran aliada para acercar el arte a más personas que nunca.

Termino con la misma certeza con la que empecé a escribir estas líneas. Mientras haya quien pinte, quien cante, quien escriba y quien se detenga a contemplar, la cultura seguirá viva y seguirá dándonos aquello que el mundo moderno tantas veces olvida: la sensación de pertenecer a algo más grande que nosotros mismos. Y mientras eso ocurra, tengo la esperanza intacta de que sabremos cuidar lo que de verdad nos hace humanos.

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