A las puertas del primer cuarto del siglo XXI, una paradoja me sigue dando vueltas en la cabeza: mientras Cooperstown y el mundo entero rinden pleitesía al único venezolano en el Salón de la Fama de las Grandes Ligas, su propia patria mantiene una deuda histórica con él. Luis Aparicio Montiel no cambió; lo que cambió fue el tiempo, y con él, a veces, la memoria colectiva.
Por eso, cuando mi querido amigo y colega Orlando Galofré Amador decidió reeditar su libro Aparicio: Vida y Hazañas, no dudé un segundo en escribir el prólogo. Para mí, este relanzamiento no es solo un acontecimiento literario; es un deber moral para quienes amamos el béisbol y un acto de estricta justicia deportiva.
A continuación, quiero compartir con ustedes las razones por las cuales esta obra —el primer texto verdaderamente completo sobre “El Inmortal”— es un tesoro que todos deberíamos releer.
Mi homenaje a Galofré: Una cátedra de periodismo
Quiero empezar por el autor, porque hablar de Galofré es refrescar la memoria de un comunicador insigne. Cuando yo estudiaba Comunicación Social en la Universidad del Zulia (LUZ), él ya era una referencia obligada. Mencionarlo en los pasillos de la facultad era sinónimo de sabiduría deportiva.
Galofré no fue un espectador de oficina; fue un reportero de primera línea que cubrió la historia en tres continentes. Estuvo allí, en primera fila, trayéndonos las crónicas de:
- Las batallas del tres veces campeón mundial Betulio González en Japón.
- El mítico choque entre Ray Sugar Leonard y Roberto “Mano E’ Piedra” Durán en Estados Unidos.
- El debut en Grandes Ligas de Luis Leal en el Yankee Stadium.
Fue precisamente durante su brillante etapa como Jefe de la sección deportiva del diario Panorama cuando nació este libro. Una obra tan respetada y fiel a la realidad que el mismísimo Luis Aparicio Jr. le pidió a Galofré 20 ejemplares para regalárselos a sus amigos íntimos. Ese gesto lo dice todo.
Las increíbles historias que rescatamos en el texto
Quienes decidan sumergirse en esta reedición —elaborada respetando el fascinante “estilo periódico” de la época— se van a encontrar con un verdadero cofre de sorpresas y datos inéditos que nos muestran al hombre detrás de la leyenda:
- La ironía de su casa natal: El libro detalla cómo la casa donde nació Aparicio en el sector Valle Frío de Maracaibo terminó convertida en una sala funeraria. Es una denuncia que mantengo: ni las autoridades del Zulia ni los gobiernos nacionales se preocuparon jamás por comprar esa propiedad para preservarla como patrimonio histórico.
- El fútbol antes que el diamante: Pocos saben que la primera pasión deportiva de Luis no fue el béisbol, sino el fútbol, o cuál fue el oficio con el que se ganó su primer sueldo.
- El momento del testigo: El libro incluye la crónica original del día en que Luis Aparicio “El Grande” le cedió el guante a su hijo sobre el terreno de juego, un relevo dinástico que dio paso a 18 temporadas magistrales en la Gran Carpa.
La denuncia que sostengo: La deuda nacional con el “11”
Como periodistas y apasionados del deporte, no podemos callar ante la injusticia. En Maracaibo festejamos con orgullo cada 11 de noviembre el Día de Luis Aparicio, pero la realidad material es decepcionante.
Ningún estadio principal en Venezuela lleva el nombre de Luis Aparicio Jr. El de Maracaibo se llama Luis Aparicio “El Grande”, rindiendo tributo a su padre, no a él.
Tampoco tenemos un museo digno que albergue sus guantes, uniformes, bates y las pelotas con las que destrozó récords de bases robadas. Si miramos al vecino país, en Barranquilla, Colombia, cada figura grande tiene su estatua —desde Shakira hasta el Joe Arroyo—. ¿Por qué el más grande pelotero de todos los tiempos en Venezuela no tiene un monumento a su altura en cada rincón del país?
Los periodistas, comentaristas y la dirigencia deportiva hemos fallado en levantar la voz con la fuerza necesaria para hacerle justicia.
Un jonrón literario que debe ir al cine
Esta reedición de Aparicio: Vida y Hazañas es, ante todo, un llamado a la acción. Los datos están allí, minuciosamente explicados por Galofré y un extraordinario equipo de colegas con los que tuve el honor de trabajar. Debería ser la chispa que inspire a algún cineasta a filmar, por fin, la gran película que recoja las hazañas de nuestro campocorto inmortal. Hasta el día de hoy, no hay un solo film sobre él.
A la distancia, desde Atlanta, celebro este esfuerzo. Mi querido Orlando Galofré Amador la ha vuelto a botar de jonrón lanzando nuevamente este texto insigne.
¡Viva Aparicio, siempre Aparicio!
Exequíades Chirinos
Periodista
Atlanta, Estados Unidos.
